📖 Mi experiencia en la cocina y con la comida
Para ser sinceros, si cualquiera que me hubiera conocido anteriormente me viera hablando de esto aquí y ahora mismo, sobre todo mis padres, que en paz descansen, no se lo creería.
Por un lado, nunca me gustó cocinar; entrar en la cocina era mi peor pesadilla. Soy —o mejor dicho, era— de las que se conformaba con un bollo, un trozo de chocolate o un filete de pollo con queso y mayonesa en bocadillo. Mis experiencias entre fogones eran más bien una obligación: mi familia, mi marido y mis hijos no tenían la culpa, y había que ponerles un plato decente en la mesa.
Y si esa era mi relación con la cocina, qué decir de mi relación con los alimentos. Me encanta el dulce desde que tengo uso de razón; si podía tomar algo dulce, no comía salado. Bueno, si acaso una bolsa de patatas fritas… Lo único salado que casi podía igualar al dulce era el queso, ¡me encantan todos!
Recuerdo que en muchas ocasiones soñaba que me estaba comiendo un pastelito o una golosina y, en cuanto iba a empezar a saborearlo, me despertaba. Eso sí que era frustrante. O estar en casa de cualquier forma, entrarme el antojo de algo dulce, prepararme y salir corriendo a comprar unos donuts o unas chocolatinas. Y ojo, que eso no lo hago ni con el tabaco, y soy fumadora.
¿Y si me preguntas por las verduras? No, no me gustan. Solo se salva la lechuga y unas pocas hortalizas. O sea, que no me des verdura cocinada de ninguna de las formas posibles, no la acepto.
Por eso, cuando veas mis recetas de autor o leas cómo he conseguido resetear mi metabolismo, recuerda de dónde vengo. No soy una amante del brócoli al vapor ni una chef de alta cocina. Soy una mujer real que tuvo que usar su propia lógica para sanar sin amargarse la vida.
📌 Capítulo 1: Mi experiencia con la bronquitis crónica y el milagro del naturista
Recuerdo perfectamente mi primera dieta. Fue cuando tenía solo 14 o 15 años. Aquella fue una pauta que me puso un médico naturista al que iba mi abuela. Si lo miro hoy con perspectiva, sí que era una dieta de hospital de verdad, estricta y gris, pero también es cierto que me fue de maravilla y conseguí poner fin al auténtico calvario que en aquel momento sufría.
Llevaba más de un año arrastrando episodios continuos de bronquitis. El médico me daba medicación, mejoraba unas semanas, pero enseguida volvía la bronquitis. Llegó un punto en el que no era capaz de dar dos pasos seguidos: me ahogaba, tosía día y noche y continuamente expectoraba grandes flemas. Era tan desagradable que incluso tenía que dormir con un balde al lado de la cama para ir escupiendo cuando me daba la crisis de tos en mitad de la noche. Estaba desesperada y mi cuerpo no podía más.
Viendo que la medicina tradicional no me sacaba de ese bucle, mi abuela decidió llevarme a su naturista. Aquello cambió mi destino. Y os vais a quedar de piedra: aquel médico no me hizo ni una sola analítica de sangre. Nada de pinchazos ni de laboratorios. Solo con estudiarme los ojos, mirándome fijamente al iris, supo perfectamente lo que estaba pasando dentro de mí. Caló mi inflamación interna de un solo vistazo.
Me dio unas infusiones con plantas naturales que tenía que tomar en ayunas, otras antes de las comidas principales y otras justo detrás. Además, me mandó leche de soja y me prohibió radicalmente los lácteos animales. ¡Imagínate, estábamos a principios de los años 90 y aquello sonaba rarísimo!
Mis comidas pasaron a consistir siempre en carne o pescado a la plancha o cocido, ensaladas y sopas julianas. Estuve unos meses firmes con esa pauta y la verdad es que ocurrió el milagro: logró quitarme por completo esa bronquitis que ya se había vuelto crónica en mí.
Seguro que aquella intervención me limpió el organismo de arriba a abajo. Yo ya era una dulcera de nacimiento, y en esos meses recorté de golpe el azúcar, los hidratos refinados y las grasas industriales. Aquella dieta sí que fue mi primer gran detox celular. Aprendí en mi propia piel, siendo casi una niña, que lo que entraba en mi plato —y lo que reflejaban mis ojos— tenía el poder absoluto de sanarme o de enfermarme.
📌 Capítulo 2: Mi experiencia con la Dieta del Pomelo y el espejismo de la fotocopia arrugada
Al igual que a casi todas las mujeres, siempre me ha gustado verme bien. Y, entre todo lo que eso implica, una parte muy importante era no tener sobrepeso. Cuando era joven, entre los 20 y los 30 años, mantener mi peso no era un gran problema: que cogía 3 o 4 kilos… no pasaba nada. Me cuidaba de los dulces durante dos o tres semanas y recuperaba mi peso enseguida.
Recuerdo que en aquellos tiempos, a mis 25 años, hice la famosa dieta del pomelo. No sé exactamente qué dieta era ni de dónde salía, solo que venía en una fotocopia que te ponía el menú completo para 15 días. Tenía que comerme el pomelo en ayunas y también antes de las comidas principales.
La verdad es que era súper restrictiva: los platos eran siempre ensalada con filete o pescado a la plancha; otras veces, un tazón de zanahorias con brotes de apio aliñado con limón. Lo único que me permitía salir de ahí era una tostada de pan integral con queso fresco o algún huevo cocido. La verdad es que bajé de peso, seguí bajando y lo mantuve durante seis meses o algo más. Pensé que había descubierto la pólvora.
Pero pasados los 30, la película empezó a cambiar. Ya no servía reprimirse tres semanas del dulce, los kilos se iban acumulando poco a poco, sin prisa pero sin pausa. Ahí empecé a probar un montón de dietas, todas con grandes exigencias: que si comprar alimentos raros, que si tener que pesarlo todo, que si contar calorías… En fin, ninguna era para mí. Incluso aquella del pomelo, cuando intenté repetirla, ya no volvió a funcionar igual. En pocas semanas me aburría y me cansaba. Si llegaba a bajar 3 o 4 kilos, en otras pocas semanas habían regresado… y a veces con algún otro de regalo. ¡Seguro que muchas de vosotras también habéis picoteado aquí y allá en estas cárceles de esclavo!
📌 Capítulo 3: Mi experiencia con los 28 días sin azúcar y el embarazo milagro
Hasta que llegó otra gran pauta que me marcó. En esa ocasión no lo hice tanto por adelgazar, sino por mi verdadera obsesión por el dulce: el reto de los 28 días sin azúcar. Una experiencia que planeaba para un mes, que terminó durando más de tres y que acabó, de la forma más inesperada, con un embarazo a mis 41 años.
Si me hubieran dicho unos meses antes lo que iba a hacer, me habría reído en su cara. Para mí, el dulce no era un capricho; era prácticamente lo mejor de las comidas. El postre no era el final, era el objetivo. Cuando salía a comer o cenar a un restaurante, lo primero que miraba en la carta eran los postres. Y en base a lo que elegía de dulce, entonces —y solo entonces— pedía el plato principal, asegurándome siempre de dejar el sitio justo para disfrutar de mi dosis de azúcar. Por eso, cuando decidí enfrentarme al reto de los 28 días sin azúcar, lo hice con una mezcla de miedo y determinación. Me miré al espejo y pensé: «Si soy capaz de esto, soy capaz de todo».
Los primeros 15 días fueron un «mono» en toda regla. Mi cuerpo, acostumbrado a chutes constantes de glucosa, protestaba a todas horas. El primer gran muro fue el café de las mañanas. Yo era de las que le echaba dos sobres de azúcar; tomármelo solo con leche, pero sin azúcar, eso sí que fue el gran reto; El primero fue un choque horrible para mi paladar, el segundo me costo muchísimo, el tercero llegué a acabarmelo y el cuarto llegó para quedarse. Días después, por la costumbre, tuve un lapsus: eché azúcar, solo una gota y sin revolver. Aquel café era intomable; con azúcar, ya no me gustaba. Fueron exactamente 4 cafés para darme cuenta de que ya no necesita añadirle azúcar.
Además, este reto me obligó a abrir los ojos. Aprendí a leer etiquetas en el supermercado y me llevé las manos a la cabeza al descubrir que el azúcar estaba escondido en todas partes: ¡ni el pan de molde se libraba! Al darme cuenta de que casi todo lo que venía envasado en los estantes llevaba azúcares añadidos, no me quedó otra opción que cambiar radicalmente mi forma de comprar. Las estanterías de los pasillos centrales pasaron a un segundo plano y empecé a llenar el carro en las secciones de producto fresco de mercado: carnicería, pescadería, frutería y panadería tradicional.
En aquel momento seguía ingeriendo carbohidratos, pero di el salto a los complejos, los que vienen de verdad de la naturaleza, como las legumbres y las frutas. Y claro, con este panorama de comprar tanto producto fresco, no me quedó más remedio que empezar a meter la pata en la cocina y pensar un poco más en qué iba a preparar. Yo, que odiaba los fogones, tuve que empezar a cocinar por pura supervivencia nutricional. En aquel momento se hablaba mucho en todos los libros y revistas de una idea clara: pasar de tener un cuerpo u organismo de base ácida (debido al azúcar y los procesados) a conseguir un cuerpo o base alcalina.
Y entonces, ocurrió el milagro. Con 41 años, cuando ya no lo planeaba ni lo esperaba, me quedé embarazada. Sin saberlo en ese momento, había desatado en mi propio cuerpo la tormenta perfecta para la fertilidad. Por un lado, la desinflamación profunda que supuso cortar el azúcar de raíz; por el otro, una casualidad total: llevaba un tiempo tomando unas vitaminas para la piel, el pelo y las uñas que, como ingredientes principales, tenían magnesio, ácido fólico y zinc. Le di a mi organismo los nutrientes exactos y el terreno limpio que necesitaba.
Estoy completamente convencida de que alterar positivamente mi metabolismo y mis hormonas fue el detonante que permitió que esa nueva vida llegara. Pasé de ser una esclava de los donuts a demostrarme que mi mente tenía el control absoluto.
📌 Capítulo 4: Mi experiencia con la Keto «Sucia» e híbrida y los malabares en vacaciones
Después del nacimiento de mi hijo, a mis 42 años, volví a despreocuparme de mi alimentación. Pero tiempo después, y con otros cuantos kilos de más encima, volví a buscar una nueva dieta. Probé una y otra nuevamente y el resultado el de siempre, pocos resultados, así que rápidamente las dejaba.
A mis 46 años y en medio de esas andadas temporales entre dietas, que siempre, por hastío, abandonaba, encontré la dieta cetogenica. Se me abrieron los ojos de repente, había infinidad de postres, casi fue lo que más me llamó la atención, y además podía comer casi todos los quesos, embutidos, y otras cosas que si me gustaban y no tenían porqué ser de verduras, carne o pescado a la plancha o cocinado de forma muy insípida, como en otras dietas anteriores. «Está es mi dieta» me dije.
No creáis que me metí a ella a lo loco, No. Lei, leí y leí, me informe y tuve en cuenta todos sus pros y sus contras, que eran muchos; pero los kilos que afirmaban que se podían perder en poco tiempo y todos aquellos alimentos que a mí me gustaban y podía comer inclinaron la balanza y entre de lleno en el mundo Keto, Si keto, pero «Keto Sucio’
Bueno, no era sucia sucia del todo porque nunca compré alimentos industriales con etiquetas keto o low-carb, pero sí comía chorizo, salchichas, bacon, morcilla, nata, mantequilla y muchos quesos (que los adoro). No era tan limpia como la alimentación mediterránea flexible que hago ahora; más bien diría que era una pauta híbrida o despreocupada. Comía sin el hilo conductor de una pauta equilibrada, obsesionada únicamente con no salirme de la cetosis.
Este comienzo lo cambió todo; consiguió educar mi paladar. Al quitar la leche (por los hidratos de la lactosa), me tocó enfrentarme de nuevo con el café, en el reto de los 28 días ya le había quitado el azúcar pero mantenía la leche, ahora tenía que ser «café solo». Intenté lo de la mantequilla en el café y fue asqueroso. Ni intenté usar estevia o eritritol, edulcorantes permitidos en la keto. Así que fui de frente: «Café Solo» y nada más. Y de nuevo… el primero fui incapaz de acabarlo; el segundo estaba malo; el tercero era amargo pero se podía tomar… y el cuarto llegó para quedarse. Y al igual que cuando le quite el azúcar, con solo 4 cafés me acostumbré al sabor del café natural.
Al no consumir hidratos, en pocos días aprendí a reconocer el sabor real de los alimentos, su dulzor natural, y me acostumbré a ellos. Comer cosas «dulces» sin hidratos no fue problema: la lista era bastante grande. Empecé a usar frutos secos, chocolate negro de más del 85%, quesos, yogur griego y eritritol, y con estos ingredientes me marcaba mis propios postres limpios para engañar a la mente.
Otra gran experiencia con esta Keto híbrida fue amoldarme a los ingredientes sin carbohidratos para comer lo mismo que mi familia y no tener que hacer menús distintos cada día. Aprendí por necesidad a meterme en la cocina, y descubrí que me encantó. Al principio eran cosas muy lógicas: si para ellos de cena eran unas pechugas con patatas y huevos fritos, para mí era la pechuga y ensalada, e incluso le metía ese huevo (o frito con la pechuga o cocido y picado en la guarnición).
Y en estos malabares de no salirme de cetosis, llegó el día de irnos una semana de vacaciones. Pensar en comer sin mi nevera y mis fogones me dio un poquito de pánico. Pero como soy una persona resolutiva, metí en mi maleta junto a mis bikinis mi cafetera de cápsulas y mi pan keto casero en dos versiones: barra para las comidas y panecillos para bocadillos. Cuando estuvimos en el parque de atracciones o en el acuático, donde no hay opciones limpias, llevaba en mi mochila los panecillos. Al pedir una hamburguesa, simplemente cambiaba el pan y disfrutaba con mi familia. En el buffet del hotel elegía carnes o pescados y los acompañaba de ensaladas personalizadas por mí. Un poco aburrido, sí, pero era lo que tenía que hacer.
En conclusión, con una pauta keto más veces sucia que limpia, me quité 15 kg de encima en poco más de 3 meses y cambié mi metabolismo.
📌 Capítulo 5: Mi experiencia tras la keto, el tabaco y el chivato de la ecografía
Tras esa experiencia con la dieta keto y haber logrado dejar atrás 15 kg en poco más de 3 meses, volví a retomar una alimentación normalizada, con más hidratos (no podía seguir esa dieta más tiempo sin comprometer mi salud y ya había conseguido el peso deseado) cuidando siempre de que no fuese mi porción principal en el plato, y casi olvidada de los dulces. En este momento de transición, si me apetecía algo dulce me comía una pieza de fruta, sin importar ya cuántos hidratos sumaba, o un día me daba el gusto de tomarme un helado, pero sin salir corriendo a comprarme un pastel.
Verdaderamente esta dieta me ayudó mucho; incluso cambió mi metabolismo. Ya con una alimentación normal, sin excesos de azúcar por supuesto, seguí todavía bajando dos o tres kilos más en los siguientes 3 meses, y luego me mantuve en mi peso por casi un año.
…El problema vino tiempo después. Me sentí tan empoderada pensando que mi sobrepeso estaba solucionado, que decidí también dejar de fumar. Me dije: «Si he conseguido quitarme el mono del dulce, ¿por qué no el del cigarrillo?». Ahí fue cuando por ansiedad, yo creo, comenze a malcomer nuevamente, volví al dulce y a muchos carbohidratos. Pero no creáis que dejé de cocinar ni de inventar comidas, ¡todo lo contrario! En ese momento fue cuando descubrí que tenía un don real para inventar sobre la marcha o personalizar los platos. Después de dejar la dieta, comencé a hacer todo tipo de recetas que se me ocurriesen. Claro está que no eran nada limpias: llevaban patatas, cremas, salsas de todo… una gran combinación de grasas e hidratos que acompañaban a las proteínas.
En conclusión, no creo que existan malas dietas con efecto rebote. El verdadero efecto rebote es mejorar tu metabolismo y volver a empeorarlo tú misma. Aprendí que después de una dieta que ha funcionado, hay que volver a la normalidad alimentaria de forma consciente, «no a todo aquello que un día me llevó a plantearme ponerte a dieta».
¿Y cuándo lo aprendí? Pues apenas hace un poco tiempo atrás, en el que por casualidad al hacer una ecografía abdominal me encontraron el hígado más grande de lo normal: «Esteatosis hepática» o, según las nuevas directrices médicas, enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD, por sus siglas en inglés). El grado moderado indica que la acumulación de grasa afecta a un porcentaje significativo de las células del hígado (entre el 33% y el 66% de los hepatocitos), pero sin llegar a ser severa.
¿Qué significa esto? Pues nada más y nada menos que estoy en un punto en el que si me cuido con una buena alimentación, puedo revertir esta condición de MASLD, y si no, el hígado graso moderado puede progresar hacia formas más graves de enfermedad hepática y aumentar mi riesgo cardiovascular, ya que la acumulación continua de grasa daña las células del hígado a largo plazo. Esto es lo que puede ocurrir si la enfermedad avanza en silencio:
| ⚠️ Fase de la Enfermedad | 🔬 Lo que ocurre en tu Hígado |
|---|---|
| Esteatohepatitis (MASH) | La grasa acumulada provoca que el hígado se inflame y se vuelva propenso a sufrir daños celulares constantes. |
| Fibrosis hepática | La inflamación crónica genera cicatrices en el tejido del hígado, lo que empieza a dificultar su funcionamiento normal. |
| Cirrosis avanzada | Etapa avanzada y grave donde el tejido cicatrizal reemplaza casi por completo al tejido sano, lo que puede llevar a una insuficiencia hepática grave. |
| Cáncer de hígado | El daño crónico y la cirrosis aumentan significativamente el riesgo de desarrollar carcinoma hepatocelular. |
📌 Capítulo 6: Mi experiencia con la Keto Mediterránea
Con este nuevo estilo de vida alimentaria, puedo decir que he logrado varias cosas en tan solo 3 semanas. Lo primero: perder 9 kg y 5 cm de contorno. Además, he conseguido apreciar el sabor real de los alimentos, no pasar hambre ni antojos con solo 2 o 3 comidas al día, y no sufrir las ganas de dulce y picoteo continuo.
Tampoco sufro ya esos bajones de cansancio después de las comidas y duermo mucho mejor, con un sueño más profundo, aunque siga durmiendo las mismas 5 o 6 horas. En realidad, me siento con mucha más energía.
Mi objetivo a largo plazo no es vivir encadenada a una báscula contando carbohidratos para el resto de mis días. La ciencia demuestra que una Keto Mediterránea basada en alimentos limpios es segura y sanadora a largo plazo, pero la verdadera meta de salud es la flexibilidad. Quiero que mi cuerpo sea un motor híbrido: fuerte y limpio quemando grasas en el día a día con mi alimentación de producto fresco, pero con la capacidad metabólica de disfrutar de unas buenas legumbres o de la fruta de temporada de forma consciente, nutriendo mis bacterias buenas sin que mi hígado graso vuelva a despertar jamás. La nutrición real es libertad, no restricción perpetua.
Y para poner fin a este resumen de mis experiencias, os quiero decir que estoy bien informada y muy consciente de que quería revertir mi condición de hígado graso moderado (MASLD). Por eso comenzó mi actual camino. Y he aquí que quiero compartir mis vivencias con vosotr@s, y también mis comidas y menús, pues me siento profundamente orgullosa de cómo cocino. Me enorgullece poder abrir mi nevera y mi despensa y, con muy pocos ingredientes sencillos, ingeniármelas para crear platos sanos, variados y sabrosos que cuidan de mi cuerpo sin renunciar al placer de la buena mesa.
Espero que mi viaje y mis cambiazos en los fogones os sirvan de inspiración.
¡Bienvenidos a mi cocina consciente! 🚀 Keto Mediterránea by Madi
📝 P.D. de Autora: Cómo nació este búnker
Para seros sincera, la idea inicial de este blog nació simplemente de mi facilidad en el día a día. Nació de cómo me las ingenio para hacerme platos de mi pauta Keto Mediterránea tanto en 5 minutos como en 5 horas de fogones, de cómo aprovecho al máximo cada ingrediente en la nevera para no tirar ni estropear nada, y de mi capacidad para sobrevivir fuera de casa sin saltarme la dieta jamás (ya sea haciendo un «asalto al súper» en mitad de la calle, eligiendo con cabeza en restaurantes o sabiendo defenderme en el buffet de un hotel).
Sin embargo, a medida que me iba introduciendo más y más en la investigación profunda para revertir mi propia condición hepática, sentí un golpe de realidad. Me di cuenta de que, empezando por mí misma, estamos sumidos, la gran mayoría y sin querer ofender a nadie, en una gran ignorancia sobre lo que comemos y cómo nuestra salud depende al 100% de ello. Sentí la necesidad imperiosa de compartir todos estos datos con vosotr@s. Por eso, de aquella idea inicial de recetas, ha salido esta web: un espacio que intenta daros las explicaciones, los porqués y los detalles biológicos que, lamentablemente, ni siquiera tu propio médico te explica en la consulta. ¡Es hora de tomar el control! 🦁✨
